[Crítica] American Horror Story: Lo que (muy) bien empieza… ¿Bien acaba?

Contundente.

El mercado televisivo está metiendo un buen directo en el hígado al cinematográfico en los últimos tiempos. Grandes producciones que nada tienen que envidiar -ni en presupuesto, ni mucho menos en calidad- a los largometrajes hollywoodienses que inundan nuestros cines asaltan las pantallas de nuestros hogares con más o menos fortuna.
La HBO -bendita sea- porta la que para mi es la joya de la corona de la temporada, la maravillosa Game of Thrones; AMC continúa sus andanzas con The Walking Dead, soporífera e irregular -pero necesaria para un amante del género- y FX se ha subido al carro de las grandes con una de las sorpresas del año, American Horror Story.

La serie, fruto de la mente de Ryan Murphy y Brad Falchuck -creadores de Glee Nip Tuck– me atrajo desde el momento en el que vi las primeras imágenes promocionales y el sneak peek del primer capítulo.
Todo destilaba un aroma a terror del bueno, de ese con personalidad, del que podía coger un subgénero tan trillado como el de las casas encantadas -con un nuevo tirón últimamente gracias a la saga Subnormal Paranormal Activity, y a las más recientes Insidious o Don’t be Afraid of the Dark- y darle una vuelta de tuerca, ya sea formal o narrativamente; y no estaba equivocado en absoluto.

La verdadera protagonista de la serie.

La primera temporada de la serie nos sitúa en la piel de los miembros de la disfuncional familia Harmon. Ben, Vivien y la hija de ambos, Violet llegan a Los Ángeles y se instalan, con el propósito de mejorar su relación, en el caserón construido en los años 20, quien es en realidad el verdadero protagonista de la historia. Más allá de las relaciones entre nuestros personajes principales y los secundarios -que no serán pocos-, lo que importa de verdad es la casa y su historia, la que condicionó la vida de todos sus inquilinos desde los años 20 y la que ahora condiciona la de sus espectros.

De hecho, la relación entre la casa y sus inquilinos -vivos o muertos- es una suerte de simbiosis narrativa. Las historias personales de sus habitantes construirán progresivamente la leyenda de la casa capítulo a capítulo, y a su vez nos harán comprender progresivamente todo lo que vemos desde la desconcertada mirada de la familia Harmon, que serán los que se encarguen de interpretar nuestro papel; el de unos espectadores desconcertados y ávidos de resolver los misterios que acechan.

El principal problema radica en que, una vez resuelto -más o menos- el misterio sobre todos los personajes y la vivienda, la temporada se deshincha y entra en el drama personal de la familia, dejando de lado lo verdaderamente interesante hasta llegar al punto de generar el “me importa un carajo si este personaje muere, desaparece o es abducido, cuéntame más sobre la historia de la casa” en el espectador.

Familia disfuncional protagonista. Hija teenager atormentada inclusive.

Formalmente la serie es brillante. Tan sólo viendo la introducción ya podemos respirar una atmósfera malsana que, pese a no asustar, genera una sensación de desagrado en el espectador desde el primer momento -planos con veladuras, movimientos y desenfoques de la imagen, el tema principal repleto de sonidos estridentes…-, y esto se mantiene en el resto de los capítulos.

Los recursos para generar ese ambiente de desconcierto e inquietud, que en algunos momentos llegan a recordar lo conseguido por Kubrick en El Resplandor, merecen tanto por el equipo de cámara y fotografía como por el de montaje.
En el primer apartado destaca el uso de lentes de todo tipo para generar efectos desagradables. Primeros planos utilizando lentes partidas para desenfocar parte del plano, movimientos de cámara lentos y desesperantes por las estancias de la casa, el uso de claroscuros para insinuar peligros detrás de cada esquina o la desestabilización de planos por norma general -pocos se verán con encuadres limpios y tradicionales- son unos de los pocos ejemplos a nivel visual del buen hacer del equipo técnico. Pero es el montaje el que, a mi parecer, destaca sobre el resto.

Durante sobre todo los primeros capítulos -y se recuperará en los últimos- el montaje juega con el espectador utilizando un lenguaje caótico y desconcertante. Cortes en el eje durante movimientos, el uso del jump cut como algo habitual durante acciones de lo más simple -recuerda en este aspecto bastante a la primera mitad de Anticristo, del colega Von Trier-, saltos de eje cada dos por tres, incluso en conversaciones poco trascendentes… Todo esto está al servicio de desorientar al espectador por las estancias de la casa y por las perturbadas mentes de los personajes que iremos encontrando, tan retorcidas como los pasillos de la mansión.

Si técnicamente como producto de terror funciona a las mil maravillas, el reparto luce espectacular. El trío protagonista formado por Dylan McDermott -una versión ultravitaminada y sexy de David Schwimmer-, Connie Britton -la MILF de la serie- y Taissa Farmiga -que con apenas 18 años me parece que destila carisma por los poros- cumple a la perfección su rol de familia disfuncional y atormentada, pero son los secundarios -tanto a nivel de actuación como de construcción de personajes- los que se llevan la palma. 

El guión parece que ha mimado más a los personajes secundarios, vivos o muertos, que a los protagonistas, haciéndolos más redondos y carismáticos. Destaca entre todo el reparto Jessica Lange espectacular a sus sesentaypico años e interpretando al que posiblemente sea el gran personaje de la serie; Constance, la vecina de la casa de al lado, una estrella de cine frustrada con serios desórdenes psicológicos que tendrá una relación muy estrecha con nuestra casa y varios de sus habitantes.
Además tendremos a gente de la talla de Zachary Quinto, Kate Mara o Frances Conroy -eterna secundaria, pero brillante- entre los numerosos secundarios de todas las épocas que pueblan el caserón.

Constance: EL PERSONAJE.

Parece que todos son bondades, pero la serie dista mucho de la perfección. Como comenté anteriormente la serie, al llegar a resolver los misterios de la casa -que ocupan afortunadamente casi toda la temporada- de una manera genial -usando flashbacks y volviendo al presente para ver cómo influyen los hechos vistos en el presente-, se deshincha centrándose en resolver subtramas de manera abrupta y sin sentido en muchas ocasiones. Da la sensación de que el guión comenzó a abrir subtramas que no se quisieron resolver por centrarse en la chicha de la historia, y que en los dos últimos episodios -los más irregulares sin duda, lejos de la brillantez de los primeros capítulos- se ha querido resolver todo de golpe.

Pero no es lo más grave. El problema es la incapacidad de mantener el tono que consiguieron arrastrar los primeros 11 capítulos en su season finale. Si hasta el momento todo había sido desconcertante, desagradable, confuso -en la narrativa, no en el contenido, puesto que todo está justificado más o menos-, y los cliffhangers de los episodios habían resultado terroríficos y de los que te dejan mordiéndote las uñas hasta la semana siguiente necesitando respuestas, el último capítulo roza el ridículo.

Un tono ligero -muy ligero, parece que se ríen de nosotros en algún momento- que abandona todo atisbo del terror visceral que hemos estado presenciando, jugando demasiado a la confusión -pero de la chunga, de la que dices ¿qué coño pasa?-, decisiones de guión que parecen haber estado tomadas precipitadamente -aunque no sea así, lo absurdo de ciertos acontecimientos da esa sensación-, saltos temporales que hacen parecer que la historia está contada a trompicones y sobre todo, ese “cliffhanger” patético, bochornoso y que roza la comedia que, teóricamente tiene que engancharnos para una segunda temporada -ya firmada-… todo este cúmulo de cagadas consigue que una serie magnífica hasta el momento deje una sensación de insatisfacción al no conseguir cerrar el círculo y, sobre todo, al parecer estar viendo una serie diferente a la que hemos disfrutado durante tres meses.

En defintiva, American Horror Story es una muy buena serie. Los amantes del terror estarán encantados de ver en sus pantallas un producto tan desagradable -en el buen sentido de la palabra- y tan libre de prejuicios y formalismos a la hora de rodar, de narrar y de mostrar atrocidades. El problema es que los verdaderos aficionados al género, que son los que sabrán disfrutar de este tipo de productos, se sentirán decepcionados tras ese final de temporada, blando, absurdo, precipitado y que rompe con todo lo generado hasta el momento, consiguiendo el efecto de hacernos despertar de una ensoñación en el que el terror televisivo había alcanzado unas cotas que, por lo visto, no se pueden mantener.

Comments
4 Responses to “[Crítica] American Horror Story: Lo que (muy) bien empieza… ¿Bien acaba?”
  1. SoArg dice:

    La serie me ha gustado mucho, pero como bien dices al final de la temporada uno se queda insatisfecho. Yo creo que la serie tenia potencial para mucho más.

  2. Gatosinbotas dice:

    La serie no es buena, proablemente es un remake de historias viejas para los nuevos espectadores, todo mezclado en pequeñas dosis, con sobreactuaciones y exaltacion de las mismas. Historias aburridas, la verdad esperaba más, pero bueno la mayoría dice que es buena, solo porque hay enfoques de manzanas podridas o close up de ventanas con lluvia y huesos. La mayoría no apunta a entender nada, de hecho es mejor en estos dias en que no se pretende entender nada. Ver a los personajes asustarse con nada nuevo, la serie es un fetiche, pero no es nada mas que eso y muchos quieren que les guste una serie de terror, esta es porque no necesitan entender nada solo ver habitaciones con poca iluminacion o alto contraste. Mala de 1 a 10, un 3

  3. micarteleradecine dice:

    tiene buena pinta

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  1. […] de mierda infecta que supuso el último capítulo de la primera temporada de American Horror Story -puedes leer la crítica libre de spoilers de la temporada aquí-, parece ser que la genial -hasta la recta final- serie de los creadores de Glee y Nip-Tuck aún […]



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