La dura vida del crítico de cine novato (o cómo temí por mi vida en el preestreno de ‘Blancanieves’)

Hoy, 25 de Septiembre del año 2012, entre la vorágine con la compra de entradas para el festival de Sitges de este año y las ensaladas de hostias que están dando ahora mismo en Madrid los antidisturbios debido a las manifestaciones convocadas en torno al congreso, se ha colado un evento en mi vida que, si bien debería haber pasado sin pena ni gloria, ha propiciado que esté escribiendo esta entrada. Un evento que ha oscilado entre lo grotesco y lo violento. Un acto que ha dejado patente la naturaleza más básica y animal del ser humano, y que me ha hecho pensar si merece la pena luchar por este mundo en el que vivimos.

He ido a mi primer preestreno de cine para prensa.

Hace unos días, Rubén -un señor muy majo que lleva una web sobre cine con la que colaboro- me propuso ir a cubrir el preestreno de Blancanieves de Pablo Berger para posteriormente exponer mi opinión en la mencionada web. Por descontado que acepté la propuesta; no sólo la película me interesaba sino que además sería mi primer pase de prensa, así que tras recibir instrucciones sobre la hora y el día de la proyección no le di más importancia de la que tenía al asunto y decidí tomármelo todo con mucha calma. GRAN ERROR.

Esta mañana salí de casa tras beberme cafetera y media con un litro de leche recién sacada del frigorífico para intentar mitigar los efectos del insomnio y no quedarme frito durante la proyección. Quién me iba a decir que el chute de cafeína no iba a ser necesario para mantener los ojos como platos durante un buen rato.

Después de mi viaje en bicicleta desde Gràcia hasta el centro, llegué al Renoir Floridablanca con diez minutos de antelación -raro en mi- sólo para toparme con que el cine estaba cerrado a cal y canto, por lo que fuera había un extraño runrún entre los demás críticos que esperaban a que empezase la proyección. Tras quince minutos una de las trabajadoras de la sala nos informó de que el encargado venía de camino, y que se retrasaría unos veinte minutos más. Antes de que pudiese pensar lo bien que estaba empezando la mañana, una señora crítica -a la que llamaremos a partir de ahora “la señora de las tres carreras”- comenzó a lanzar bufidos bastante contenidos -por el momento- que propiciaron unas miradas de “ya me conozco esta historia” por parte de los demás presentes. Parece que la señora de las tres carreras iba a dar juego si las cosas se torcían.

Y vaya si se torcieron.

Por fin llegó el encargado, rodeado de disculpas y envuelto en una camiseta de un Superman dibujado por Alex Ross. Bien. Al fin podríamos sentarnos tranquilitos a ver la película.
Las luces se apagan, el proyector empieza a rodar y Blancaniev… Ehm… ¿Fernando Trueba? ¿Cómo que “Fernando Trueba presenta”? ¡¿Cómo que El artista y la modelo?!

El runrún que había presenciado anteriormente en la puerta pasó a convertirse en un bramido colectivo por parte de los señores de la prensa impresa -los bloggers y los que escribimos para medios de internet tan sólo nos limitamos a mirar atónitos la serie de atroces sucesos que pasaban ante nuestros ojos-, y entonces fue cuando empecé a temer por mi vida.

Tres críticos se levantaron de sus asientos y comenzaron a aporrear a puño cerrado el ventanuco de la cabina del proyeccionista -situado a tres o cuatro palmos de sus cabezas- al grito de “¡Que no es esta!”, ¡”Que hemos venido a ver Blancanieves”! y “¡Si, hombre, si. Una de Trueba voy a ver yo ahora!”. La señora de las tres carreras soltaba bufidos ininteligibles desde las filas delanteras mientras meneaba su melena rubia al viento, el sector moderado de “críticos impresos” pedía explicaciones y buscaba alternativas, el sector hardcore gritaba como chimpancés en celo mientras golpeaba cualquier cosa que tuviese a mano, y los demás… Bueno. Los demás nos limitábamos a disfrutar del espectáculo.

Tras cincuenta disculpas y sesenta llamadas al almacén y a las distribuidoras pidiendo explicaciones y soluciones por parte del encargado, este se presentó de nuevo en la sala -no se cómo tuvo el valor después de casi ser devorado por esa suerte de horda de infectados sacados de 28 Days Later- con divertidas noticias. Atención al momento:

-A ver. He hablado con la distribuidora y con almacén y me han dicho que tienen copias de Blancanieves… -alivio general en la sala- …pero no existen copias de 35mm de la película y en este cine sólo tenemos proyectores de celuloide, no digitales.

Momento de bronca y jolgorio a partes iguales. El chico que tenía delante y yo nos empezamos a partir el culo ante lo dantesco de la situación, mientras el sector moderado se ponía un poco hardcore, y el sector hardcore, liderado por la señora de las tres carreras, esputaba bilis, hiel y trozos de pulmón por la boca.

Caos. Destrucción. Horror. Y mientras tanto muchas risas y más disculpas mientras los señores críticos buscaban alternativas y tenían peticiones de lo más absurdas. “Ponnos la de Trueba aunque te denuncie la distribuidora después”, decían unos; “Que te traigan un proyector digital y la vemos aunque sea dentro de una hora”, decían otros; “¡La cosa es sabotear a la prensa, como siempre!, decía la señora de las tres carreras…

Entre toda la charanga, una buena mujer del sector moderado -ahora semi hardcore-, teléfono en mano, encontró una solución a nuestros problemas -seas quien seas, gracias de todo corazón-. El remedio consistía en un pase en el cine Verdi -al ladito de mi casa, la cosa es joder- que comenzaría… ¡EN MEDIA HORA!

Más bronca. Más espantada general. La señora de las tres carreras haciendo fotos al encargado y a la gente para, según ella “documentar el ultraje al que estábamos sometidos”, con reproches por parte de media sala que la mandaba callar y la mandaba a la mierda con buenas palabras -a medias-, momento que aprovechó la buena mujer para, ondeando de nuevo su melena al viento, decirnos a todos que “esto no iba a quedar así, que daría parte de lo ocurrido y que nadie la puede tratar de este modo porque tiene tres licenciaturas”.

Una vez dejó de decir chorradas la buena mujer y tras momentos bastante intensos y caldeados en los que exigían que se les pagase el dinero del taxi para llegar al cine Verdi, salí del Renoir a toda leche para coger una bicicleta -bicing, bendito seas- y plantarme en el nuevo emplazamiento de la proyección en cosa de diez minutos. Durante el trayecto me jugué el tipo varias veces para poder llegar, sudé como si no hubiese mañana y casi vomito la cafetera y media y el  litro de leche por el camino -si, amigos, la crítica de cine cuando eres novato te ayuda a hacer ejercicio cardiovascular por un tubo- y aún así llegué a la sala antes que todos los críticos burgueses de prensa impresa con sus taxis, sus aires de grandeza y sus tres carreras. Y sin cobrar un duro. Esto es devoción, cabronazos.

Todo lo demás a partir de este momento es historia y transcurrió sin incidencias -sólo faltaba-. ¿La película? Para saber qué tal está tendréis que pasar esta semana por CineMaldito, no he arriesgado mi vida en un acto heroico como el de hoy para que luego no leáis la crítica en condiciones.

¡A compartir se ha dicho!


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