Constantino Romero: La voz que siempre estuvo ahí.

Recuerdo entrar en un cine en el ya lejano 1994, año en el que la versión original no era prácticamente ni una opción, a ver El Rey León. Puedo afirmar rotundamente que estuve nervioso hasta que se apagaron las luces y comenzó la proyección, meneando el culo en una butaca por aquel entonces gigante para mi, y haciendo tamborilear los dedos sobre el reposabrazos; y lo puedo afirmar porque estas sensaciones han persistido en mi hasta el día de hoy cada vez que entro en una sala de cine.

La película comenzó y, entre la fantástica banda sonora y el apabullante poderío visual -visto con mis, ahora, ojos de “adulto”-, algo destacó sobre todo lo demás. Un león adulto de frondosa melena y aspecto vigoroso inundaba la pantalla. Un león -Mufasa- que, al hablar por primera vez, hizo que el niño de siete años que por aquel entonces era se quedase hundido en el fondo de la butaca fruto de aquella voz grave, profunda y a la vez cálida que recorrió la sala en Dolby Digital.

Aquella voz pertenecía a Constantino Romero, uno de esos completos desconocidos que entran en tu vida y te acompañan a lo largo de ella sin que apenas te des cuenta. Porque el bueno del señor Romero, con o sin bigote, ha estado aquí a lo largo de mis 25 años de vida. Y en momentos que, como amante del cine, recordaré in saecula saeculorum.

Constantino estuvo ahí cuando mi madre me arrastró a ver los reestrenos en cine de la saga de Star Wars a finales de los 90, dando vida al mayor villano galáctico jamás conocido; y también, siguiendo en los confines del espacio, estuvo en mi descubrimiento de la otra gran “Space Opera” unos cuantos años más tarde, poniendo voz a un William Shatner que terminaría capitaneando la nave Enterprise en Star Trek.
Mi descubrimiento del cine de James Cameron y mi primer contacto con el Bond de Roger Moore también estuvieron apadrinados por el vozarrón del señor Romero; dando vida -y, extrañamente, personalidad- a ese cyborg venido del futuro en la saga Terminator, y pidiendo un Martini con Vodka con más estilo que ningún otro 007 hasta la fecha.

Pero si en algún momento ha estado presente el doblador manchego, ha sido en mi periplo cinematográfico de la mano de Clint Eastwood a lo largo de los años. Me cuesta concebir una película del actor en versión original; sin esa voz que consigue convertir a Harry Callahan en el poli más duro que te puedas echar en cara, que eriza el vello aumentando aún más si cabe la profundidad de William Munny en Sin Perdón, y que consigue seducir hasta al hombre más heterosexual del planeta y dejarle al borde del llanto más desconsolado al final de Los Puentes de Madison.

Podría estar horas -y párrafos- enumerando cada instante que he compartido con esta voz. Fue Batman, el Gremlin inteligente, Apollo Creed… ¡Leches, si hasta ha participado en The Warriors, una de mis películas favoritas de siempre! Y eso si nos limitamos a la voz, porque el bueno de Constantino ha estado en el salón de mi casa durante años con programas como Valor y Coraje y Alta Tensión –si, ese concurso de las bombillas-.

En fin… hoy es un día triste. Está medio lloviendo y Constantino Romero se retira del doblaje. Un compendio de circunstancias perfecto para escribir este ejercicio de nostalgia y, de paso, para agradecer al, para mi, doblador por excelencia, la labor que ha hecho en ese duro periplo que es dotar aún más si cabe de ese extraño componente mágico al cine. Y lo ha conseguido tan sólo armado con su voz.

Gracias por todo.

¡A compartir se ha dicho!


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