[Crítica] ‘Los Miserables’. La emoción sobre la técnica.

Por norma general, el enfrentamiento entre el espectador y un filme musical no suele ser una experiencia en absoluto sencilla. Independientemente de la calidad de la cinta, las peculiaridades de este género cinematográfico consiguen crear dos tipologías de público radicalmente opuestas; el amante fiel, y el detractor más descarnado. Esta dicotomía podría desaparecer -como inusitado precedente- a la hora de afrontar la nueva adaptación de la novela de Victor Hugo Los Miserables, dirigida bajo la batuta del oscarizado por El Discurso del Rey Tom Hooper.

Con sus Miserables, Hooper nos ofrece unas dosis de carga emocional y epicidad desmedidas y raramente alcanzadas en producciones recientes, intercalando números que oscilan entre la espectacularidad de unas puestas en escena multitudinarias y recargadas, y los soliloquios más íntimos y desgarradores.
Son estos últimos, precisamente, con los que el nudo en la garganta será inevitable; gracias, por una parte, a un reparto que evoca la época dorada del star-system –arrebatadora Anne Hathaway- y, por otra, a la sencillez con la que están planteados desde el punto de vista de la dirección. En estos momentos, el estilo grandilocuente, torpe y atropellado de Hooper da paso a una simplicidad que no hace otra cosa que disparar hasta límites insospechados los niveles de emotividad transmitida.

En el caso de Los Miserables se evidencia la manida expresión “menos es más”. La dirección de Hooper supone más un palo en la rueda que una plusvalía, y podría hablarse durante párrafos de los numerosos errores que comete el realizador, y de las lacras que suponen sus decisiones. Pero en esta ocasión la técnica da igual. Lo depurado -o no- del montaje y los –exagerados- movimientos de cámara son lo de menos. Lo que importa al enfrentarnos a una cinta como Los Miserables es que, pese a todo, emociona; y lo hace como no lo ha hecho ninguna otra cinta en mucho tiempo. Lo que importa es esa extraña sensación de estar ante algo grandioso. Lo que importa es que, como espectadores, nuestros corazones se encogen y nuestras lágrimas afloran, ya seamos amantes o detractores del género. Porque Los Miserables no es tan sólo un musical; es cine en estado puro, espléndido, apabullante. De ese Cine que sólo se puede escribir con mayúscula.

¡A compartir se ha dicho!


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