[Crítica] ‘Silver Linings Playbook’. Entre lo corriente y lo especial.

Encontrar una comedia romántica nominada a ocho Oscars puede resultar –y resulta– bastante chocante, más aún si cabe si entre esas ocho nominaciones figuran las de categorías de alta consideración como pueden ser “mejor película” o “mejor dirección”. Para competir en estas categorías, uno espera que la academia incluya en estos apartados cintas que destaquen especialmente, ya sea en contenido o en forma. Sorprendentemente, este no es el caso de Silver Linings Playbook (El lado bueno de las cosas); la nueva cinta de David O. Russell –Tres Reyes–.

Silver Linings Playbook se encuentra navegando en un limbo muy peculiar. Un limbo que se decantará hacia un lado u otro de la balanza en base a la predisposición del espectador a entrar en su historia y a entablar una relación con sus personajes. En base a esto, una película que podría clasificarse de “normal” –no deja de ser una comedia romántica media, con sus mecanismos y artificios estudiados y ejecutados al milímetro que exigen los cánones del género–, puede convertirse en una experiencia de lo más especial. Puede que su encanto radique precisamente en su sencillez, puede que lo haga en su frescura y falta de pretensiones, o puede que se encuentre repartido entre un elenco actoral merecedor de todas y cada una de las nominaciones recibidas –mención especial a la resurrección cinematográfica de Robert De Niro–. Sea como fuere, El lado bueno de las cosas tiene el mérito de conseguir la dura tarea de mantener una sonrisa y unas sensaciones positivas en el espectador predispuesto durante sus 120 minutos de metraje, lo cual, entre dramas grandilocuentes y discursos plomizos, se agradece eternamente.

 Por norma general, lo simplemente normal, lo llano, está infravalorado hasta límites insospechados. Sería un error de considerables dimensiones despreciar Silver Linings Playbook por la etiqueta que le imprime su género. Y es que hasta en lo más mundano se pueden encontrar retazos de una genialidad que no se sabe muy bien por qué está ahí, pero que inevitablemente hace mella. Y eso, a fin de cuentas, es lo que verdaderamente importa.

¡A compartir se ha dicho!


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